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La Coctelera

PAPÁ EN PRÁCTICAS

28 Septiembre 2006

AMARÁS A TU PADRE. Hemos sido educados en la represión de ciertos afectos.

Así se titula un interesante artículo que he encontrado en la excelente web del dominical "El semanal". Lo firma Juan Manuel de Prada, y aunque quizás el modelo que presenta no sea (afortunadamente) el caso general, y las cosas (también por fortuna) están cambiando a la hora de expresar sentimientos, he querido colgarlo aquí, sobre todo por su primera frase. Una frase demoledora que al menos a mi me hace reflexionar.

Juan Manuel de Prada

Un amigo murciano, Pepe Belmonte, me confesaba el otro día, compungido y perplejo, que había dejado morir a su padre sin haberle dicho jamás: «Te quiero». No porque, en efecto, no lo hubiese querido sobremanera, ni porque a través de las obras no hubiera intentado demostrárselo siempre, sino porque había sido educado para reprimir ciertas expansiones sentimentales. Y es que el amor, que como reza la sabiduría popular se muestra en especial a través de las obras, requiere también decirse a sí mismo, requiere ensimismarse en la repetición de unas fórmulas rituales que actúen a modo de promesas renovadas. Cuando esas fórmulas se dan por sobrentendidas, cuando se omiten por pudor o miedo a resultar redundantes, el amor suele resentirse de modo fatal; bien lo saben los enamorados, a quienes no basta con entregarse el uno al otro, sino que necesitan glosar esa entrega con coloquios archisabidos, pues del mismo que las palabras sin obras acaban degenerando en mera logorrea hueca, las obras sin palabras corren el riesgo de convertirse en rutinas o automatismos del afecto. Naturalmente, esos coloquios en los que los enamorados se susurran ternezas y proclaman alborozados la vigencia de su amor sólo tienen sentido en la intimidad; proclamados en público adquieren una resonancia un tanto exhibicionista o ridícula. Pero cuando esa conciencia de ridículo contagia el ámbito privado, el amor corre el riesgo de quedarse sordomudo, que es tanto como morir por asfixia o inanición.

Aquella desazón un tanto melancólica que lastimaba a mi amigo murciano es la misma que yo siento con frecuencia. Hemos sido educados en la represión verbal de ciertos afectos, sobre todo de aquellos que tienen como destinatario a alguien de nuestro propio sexo. Esta represión alcanza cotas enfermizas en la relación de los hijos varones con sus padres, que es casi siempre elusiva, huidiza, incluso avergonzada de sí misma. Tanto que, con frecuencia, este amor acaba asumiendo una naturaleza que no le corresponde, transformándose en un vínculo de autoridad más o menos severo o afectuoso que, sin duda, forma parte del meollo de la relación paterno-filial, pero que no basta para explicarla por completo. A la postre, las relaciones entre padres e hijos varones aparecen signadas siempre por un exceso de austeridad: el silencio se impone sobre las palabras, las embrida y amordaza, hasta el extremo de matar las emociones más puras y entrañables. Esta condena de silencios recíprocos y omisiones vergonzantes estrangula la fluencia espontánea de los afectos y acaba originando desapegos, distanciamientos, resquemores que padres e hijos acatan absurdamente, como si formasen parte de la naturaleza peculiar de su amor, incapaces de sublevarse contra ellos, incapaces de descubrir que en realidad son adherencias espurias que convendría empezar a arrumbar.

Porque, si nos molestáramos en analizar el origen de esas instancias tenebrosas que reprimen el afecto entre padres e hijos varones, concluiríamos enseguida que forman parte de una herencia de prejuicios irracionales. Sobre nuestro ánimo pesa, en primer lugar, cierta consideración pecaminosa del amor entre hombres que se extiende, incluso, a sus formas más limpias y espontáneas. También un impedimento de tipo cultural, que atribuye al padre unas funciones de índole autoritaria de las que quedan excluidos la carantoña y el arrumaco. Y, desde luego, una errónea y viscosa identificación del padre con el rival que nos disputa el cariño de la madre, con el enemigo a quien conviene matar, siquiera simbólicamente, para afirmar nuestra personalidad. De todo este mejunje de paparruchas moralistas y freudianas surge una perversión del sentimiento que impide a padres e hijos decirse a la cara, sin embarazo ni rubor, cuánto se aman. Y el amor que no se dice a sí mismo acaba pereciendo por asfixia o inanición. Convendría que empezáramos a sacudirnos esos impedimentos postizos, mientras aún estamos a tiempo; amar a nuestros padres cuando ya están muertos sólo engendra melancolía.

Tags: articulo, prada, padre

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Sobre mí

Recuerdo los tiempos en los que 'Narinel', 'La curva' o 'El cólico del lactante' eran palabros extraños que proferían los amigos infectados por el virus de la paternidad.

Desde el 16 de marzo de 2007 no sólo los conozco todos sino que forman parte de mis conversaciones cotidianas. Ahora sé lo que es el 'Apiretal', el 'meconio', 'los calostros' o 'la Maxicosi' ( no hagas esa cara tú también lo sabrás algún día ) y un montón de cosas más que parecen salidas de la imaginación de un científico loco.

Como buen padre primerizo, no pierdo la oportunidad de enseñar la foto del niño a todo lo que se mueve. Lo importante es pillarlos desprevenidos:

Individuo: ¿y como está tu hijo?

Yo: ( rapidito para no dar tiempo a reaccionar) Bienmiraporcasualidadaquítengounafoto... ¿A que es guapo?

Como padre me considero en prácticas. Espero aprobar algún día, aunque algo me dice que esto de las prácticas dura toda la vida... Sea como sea, el humor que no falte.

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